Madryn-Piramides

La Ballena Franca Austral (esa que ahora podemos tener al alcance de nuestras manos, gracias al esperadísimo, junto al de 500, billete de 200 pesos) se ha convertido en, no solo un atractivo turístico, sino en todo un símbolo identitario para la región. Su característica cola se puede observar en logos, esculturas, chocolates, bombillas para el mate y hasta en tortas fritas! Pero sobre todo, su habitual presencia de junio a diciembre navegando las aguas del noroeste de Chubut, la hace algo más que un asiduo visitante: casi una vecina ilustre. Mi caso, como el de otros cientos, por no decir de miles o de cientos de miles, que llegan año a año para presenciar este regalo de la naturaleza, es diferente. Una primera vez nunca se olvida.

Puerto Madryn, “La Capital Nacional del Buceo”, es el lugar ideal para hacer base, ya que cuenta con una importante infraestructura turística: alojamientos que pueden ir desde hoteles de diferente categoría, hasta cabañas, hostels, campings y hosterías; con una oferta gastronómica de comidas típicas y no tanto, en restaurantes, parrillas, pizzerías y confiterías y una gran variedad de prestadores de servicios turísticos, además de contar con un Ecocentro, un Museo Oceanográfico y de Ciencias Naturales y otro Municipal de Arte, entre otras tantas actividades culturales que ofrece la ciudad. De allí nomas partimos hacia Puerto Piramides, donde haremos el avistaje de ballenas, y mientras la combi nos traslada a lo largo de la Ruta Provincial 1 y la RP 2, Graciela Briozzo, guía de la agencia Cuyun Co Turismo, hará lo propio, pero para llevarnos al pasado; a conocer la historia de la ciudad.

El nombre de la misma -“Porth Madryn”- surge en honor a Love Jones Parry, barón de Madryn en Gales, quien realiza los trámites necesario la colonización de la región con la llegada de 123 compatriotas galeses a bordo del velero “Mimosa” el 28 de julio de 1865. Sin embargo, el asentamiento, a orillas del Golfo Nueve, se producirá algún tiempo después con la llegada del ferrocarril -que deja de funcionar en 1961- y conectaba la localidad de Madryn con Trelew. En la década de 1970 se sumará a la actividad pesquera, el turismo y se desarrollará la industria con la creación de la planta productora de aluminio de Aluar (Aluminio argentino) que producirá un crecimiento exponencial de la población, pasando de unos aproximados 5 mil habitantes a los 100 mil que hay en la actualidad.

 

 

Aluar, única empresa productora de aluminio primario en la Argentina y una de las mayores de Sudamérica, produce alrededor de unas 500 mil toneladas por año, de las cueles exporta un 80 % y actualmente ha firmado un acuerdo con el Estado que prevé la creación de un parque eólico para generar su propia energía: eólica, térmica y solar, vital para abastecer la planta -que hoy lo hace a través de la central hidroeléctrica de Futaleufú y de una termoeléctrica propia- y para poder realizar el proceso de conversión de la aluminita en aluminio.

En la misma dirección, pero tomando la RP 42, continuando la silueta del Golfo Nuevo, a 12 km de Madryn, podemos transitar el Área Natural Protegida El Doradillo (ANPED) cuyo paisaje, que alterna costa (unos 13 km) y acantilado (otros 9), nos brinda una posibilidad única, divisar a las ballenas ahí nomas, a metros, en especial en momentos de marea alta y sin la necesidad de tener que embarcarnos. Estas playas son elegidas por las madres y sus crías ya que su arena y pendiente suave las hacen menos riesgosa ante un posible varamiento y al mayor predador que habita las aguas: la orca.

El ingreso al Área Natural Protegida Península Valdés, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999, se da por una suerte de brazo, bañado por el Golfo Nuevo y el Golfo San José: el itsmo Carlos Ameghino. Allí, sobre la única rotonda de la Ruta Provincial 2, se encuentra el Centro de Visitantes (ex de Interpretaciones) Istmo Carlos Ameghino, ideal para interiorizarnos sobre la geografía, flora, fauna e historia del lugar, siempre y cuando no queramos dejar el descubrimiento supeditado exclusivamente a nuestros sentidos.

Sentidos que se expanden, luego de recorrer los 100 km que unen Madryn y Piramides, al pisar la arena, sentir el aire de mar y observar el horizonte que se dibuja allá a lo lejos. El suelo de Pirámides, como el de gran parte de la región, no es cualquier suelo, guarda una historia de millones de años, cuya huella se encuentra en su particular geografía y en los restos fósiles de lo que alguna vez supo ser.

Puerto Pirámides, la única zona de Península Valdez poblada (por unos 700 habitantes) tiene una historia un poco más reciente. Habitada primero por los tehuelches, patagones o aonikenk, en 1779 fue asentamiento de la corona española con la construcción del fuerte San José, destruido en 1810 por los mismos aborígenes, que luego serían subyugados por la “Conquista del desierto.” Y a principios del siglo XIX, el ferrocarril, así como sucedió en Madryn, tendrá su momento de apogeo y desarrollo cuando sea puesto en funcionamiento para trasladar la sal desde Salinas Grandes a Piramides, posibilitando el crecimiento de la ciudad hasta el cese de su funcionamiento en 1930, debido al nacimiento de los frigoríficos, al dejar de ser necesaria la sal para conservar la carne.


No será recién sino hasta 1970 que Pirámides (que debe su nombre a esas formas que parecen emerger de los acantilados y que los marinos tomaban como referencia para arribar a la bahía) vivirá un renacer y como no podía ser de otra manera para esta historia, con las ballenas como protagonistas. Y así, mientras Península Valdés se convierte en reserva provincial, llega desde Buenos Aires un aventurero que se enamora a primera vista del lugar: Mariano Van Gelderen, “El rey de las ballenas.” Esta leyenda viviente, fallecido a fines del 2015, es el pionero y ostenta el hecho de haber realizado el primer avistaje con una pequeña lancha llevando a un par de personas, que luego fueron 3, 4, hasta convertirse con el tiempo en la actividad que conocemos hoy en día. También fue guía, nada más ni nada menos, que del célebre investigador y divulgador marino Jacques Cousteau a bordo de su buque oceanográfico “Calypso,” pero sobre todo dejó una herencia que en la actualidad conservan las distintas agencias de avistaje: la impronta conservacionista.

El mismo Van Gelderen, junto a su socio Jorge Schmidt, fundan Hydrosport, luego llega el primer guarda fauna de la provincia, Adalberto Peke Sosa, con Peke Sosa Turismo de Aventura; Pini Orri con Whales Argentina; Tito Botazzi con Botazzi Avistaje, que junto a Southern Spirit y Punta Ballenas, conforman los 6 operadores habilitados para realizar turismo de observación. Actividad que solo puede realizarse saliendo desde Puerto Pirámides, dentro del Golfo Nuevo, en la zona comprendida entre Punta Piaggio y Punta Cormoranes y respetando la “Técnica Patagónica de avistaje de ballenas” y el Código de Buenas Prácticas que adecua su accionar a los objetivos conservacionistas, educativos y ambientales del área y entre los cuales, el avistaje debe tener una duración de 90 minutos y donde cada empresa puede operar con una sola embarcación por vez (una segunda en situaciones excepcionales), manteniendo una distancia prudencial de 50 mts con el animal (pudiéndose reducir la misma dependiendo el tipo de grupo y su comportamiento) permitiendo así que sea esté el que se acerque a la embarcación.

La salida será a bordo de un semirrigido de Soutern Spirit. Y a medida que nos vamos internando en el mar se incrementa la expectativa y la excitación que explotará de repente con la primer aparición cuando emerge a la superficie un espécimen, o al menos parte de su cuerpo, negro azulado con esas protuberancias que sobresalen en la parte superior de su figura. Impresiona saber que esas callosidades están habitadas por toda una comunidad, miles de crustáceos -científicamente llamados ciamidos, vulgarmente “piojos de la ballena”- que viven toda su vida en el cuerpo del animal. La conjunción de estos huéspedes de tamaño diminuto y color claro contrasta con la piel oscura de la ballena, lo que permite reconocer en cada una de ellas una forma única, un patrón -un equivalente a nuestras huellas dactilares- que no cambia con los años y así, a través de una foto aérea que compara esa imagen con otras cargadas en un programa de computadora, se las puede individualizar y saber si se trata de un nuevo ejemplar o no.


Los pasajeros se agolpan a un lado u a otro del bote, mientras la guía y el marinero asistente intentan mantener el orden y la distribución del peso para que no nos terminemos yendo al agua, y el capitán ballenero avisa con precisión, volcando todo su kilometraje de avistaje, cuándo y a dónde mirar. Las gaviotas cocineras serán el faro que oriente nuestra atención, ya que por donde estén revoloteando, seguramente debajo se encuentra una ballena.

Lamentablemente, como ocurre de manera más habitual de lo que quisiéramos, es la mano del hombre la encargada de romper el perfecto equilibrio de la naturaleza, y basta con empujar tan solo una pieza para desencadenar un efecto domino. En su momento, los basurales a cielo abierto y los descartes pesqueros -al proporcionarles un alimento extra- incrementaron la población de gaviotas, cuyo hábito de acosar a las ballenas, para obtener su grasa abriéndole la piel a picotazos, modificó los comportamientos de estas: teniendo que nadar más rápido, estando menos tiempo sobre la superficie, cambiando su postura de descanso o arqueando la espalda (dejando fuera solo la cabeza y la aleta caudal en lo que se conoce como la “posición del galeón” ) para evitar las embestidas de estas aves e interrumpiendo así el amamantamiento, ya que gran parte de los ataques son a madres y crías recién nacidas.

 

 

La mayoría de las hembras que llegan a Península Valdés lo hacen para dar a luz y esto sucede una vez cada 3 años. La reproducción se da dentro de lo que se conoce como un grupo de cópula y está conformado por una hembra y varios machos que compiten para aparearse con ella. Una vez realizada la fecundación y después de 12 meses de gestación se produce el nacimiento del ballenato, con entre 3 y 5 metros de longitud y un peso de 2 a 3 toneladas, que se alimentará de su madre durante otro año con aproximadamente unos 100 litros de leche diarios compuestos por un gran porcentaje de lípidos y proteínas. Esta grasa es indispensable como fuente de energía para los adultos que están prácticamente sin comer en el área de cría y luego como aislante térmico a la hora de continuar camino hacia zonas de aguas más frías donde permanecerán todo el verano para alimentarse de otro pequeño crustáceo; el kril, pudiendo consumir hasta 2 mil kilos por día.


Pero no todos los ejemplares llegan para parir, también lo hacen madres con su cría nacida el año anterior para ser destetada, machos que buscan aparearse y ballenas jóvenes que vienen a socializar, a “aprender a ser ballenas.” La clave, para poder apreciar a alguno de estos más de 1000 animales que llegan año a año y cuyo pico se produce entre los meses de agosto y septiembre, está en las palabras que nos dejó la guía Graciela durante el viaje: “Al ser un ambiente natural tenemos que estar preparados para observar lo que la naturaleza nos quiere mostrar y lo que nuestros ojos pueden ver. Algo único.”


Más allá de la expectación que provoca, el avistaje es una actividad de contemplación regida por los tiempos de la naturaleza, y estos no siempre se condicen con los del hombre moderno y la inmediatez. Las ballenas no están al alcance de un click. Comenzarán a aparecer, algunas a lo lejos, otras se harán desear, con su silueta dibujada sobre el agua… Aún estando ahí me cuesta imaginar sus dimensiones…Dicen entre 12 y 16 metros, de los cuales la cabeza ocupa un 1/3 del total, si redondeamos en 15, aunque las hembras son más grandes que los machos, se me ocurren: 2 arcos de fútbol, 3 elefantes, 4 autos en fila…Y ni así…También se las podrá ver con sus crías, mostrando una aleta, o saliendo a respirar, exhalando una cortina de vapor en forma de v (anoten las maestras… no largan un chorro de agua…) a través de 2 orificios o espiráculos que pueden abrir y cerrar a voluntad, pero sobre todo, la postal para el turista –cabeza a cabeza con la impresión que causa verlas por primera vez-llegará con las colas y los saltos. Y cartón lleno.


La cola o aleta caudal de este cetáceo puede medir más de 5 metros de ancho de pura fibra y en ocasiones se lo puede observar sacudiéndola dando “coletazos” contra la superficie del agua (imagínense el sonido) o como si estuviera haciendo la vertical, elevándola durante un rato. Sin embargo, arrastrando esos entre 30 mil y 50 mil kilos, el momento más espectacular son los saltos, primero tomando gran velocidad para impulsarse, girar en el aire y coronarlo con un splash!!!


Ya de regreso, llenos como ballena después de una panzada de kril, ni el viento patagónico puede con nuestra satisfacción, mientras lobos marinos y cormoranes, personal estable durante todo el año de Península (ver recuadro: “calendario de fauna”) presencian la escena atentamente y a lo lejos.


“Cada salida es diferente, 2 embarques son totalmente distintos uno del otro. No te podes guiar por lo que vieron o te contaron…” nos había dicho Graciela y es verdad. Nuestro segundo avistaje será diferente al primero. Pero esa es otra historia. Y si llegaron al final de esta, deseando que les haya gustado lo que vieron y lo que les conté, tienen que hacer su propia experiencia, ya que una vez ahí, si se dejan sorprender por el momento y lo que tiene para regalarnos la naturaleza, nada puede salir mal.

Fotos: Hernán Cacace

Agradecimientos: Ente Mixto de Promoción Turística de Puerto Madryn, Secretaría de Turismo de Puerto Pirámides, Instituto de Conservación de Ballenas (ICB) y Agencia Wachs

 

 

Licenciado en comunicación social; creador, editor y redactor de la revista de cultura joven Yo soy la Morsa.
Viajero tipo: Valijero.

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