El 2016, ante tanto aumento de precio en nuestro país y por la devaluación del real en el vecino, uno de los destinos más elegidos por los argentinos fueron las playas del sur brasileñas. Nuestro cronista no fue la excepción y cruzó, a bordo de su automóvil, la frontera para visitar la bella Guarda de Embaú y compartir con nosotros su viaje, sus impresiones y también algunos consejitos.

 

GUARDA DO EMBAÚ
Guarda do Embaú. Brasil

Si hay un tipo de viaje que disfruto, (y siempre recomiendo) más allá del destino, es el viaje en automóvil. No solo por la independencia que otorga un vehículo una vez llegado al destino, sino por la lenta transformación psicológica a la que uno es sometido a medida que el hogar queda atrás y empieza a envolvernos la inmensidad y continuidad del camino. En un viaje en avión o en micro uno cuenta horas, en cambio con el volante entre las manos y el pie en el acelerador, el tiempo comienza a ser algo ajeno, algo que quedó en casa y que por sí mismo no aporta demasiado. En auto contamos kilómetros que arrancan de cero, que es donde ponemos el cuentakilómetros antes de salir. Y no solamente para responder esa  pregunta obligada hacia alguien recién llegado de un viaje en auto de “¿Cuántos kilómetros hicieron?”, sino más bien porque es una especie de “comienzo de ritual”, el primer movimiento.

El verano de 2016 se caracterizó por ser un revuelo. Un revuelo de gente, de precios, de ideas e ideologías. Un verano en el que a los argentinos nos convino económicamente ir a Brasil, donde uno gastaba lo mismo que yendo a la Costa Atlántica, pero con un paisaje definitivamente más bello. Después de varios veranos de recorrer gran parte del país en auto, decidimos con mi novia hacer este viaje a Brasil. El destino preciso era Guarda do Embaú, sin embargo hicimos también algunas paradas en playas cercanas.

Emprendimos el camino la mañana del domingo 14 de Febrero desde Banfield. Tomamos la Ruta 9, pasando por Zarate, luego la  Ruta 12, paralelos al Rio Uruguay, pasando por Gualeguaychú y Concepción del Uruguay y finalmente la Ruta 117, que desemboca en Paso de los Libres, la frontera con Uruguayana, Brasil. Hasta aquí toda la ruta es de dos manos, por lo que no hay mayores inconvenientes. El problema es en sí el cruce por la Aduana. No recomiendo bajo ningún punto cruzarla por la tarde, al menos durante Enero y Febrero, ya que estuvimos 4 horas haciendo cola bajo el sol abrazador de Corrientes, que es realmente letal. Niños vendiendo sombrillas para los viajeros desesperados que se deshidratan rápidamente bajo el sol, puestos con cuchillos Tramontina a precios dudosos: una especie de Nueva Delhi sudamericana donde la gente va en todas direcciones. En fin, un momento que uno quisiera no prolongar demasiado. Recién a las 19:00, doce horas después de haber salido de casa, estábamos en Brasil, camino a Sao Gabriel, donde llegamos tres horas después, a las 22:00.

San Gabriel es una ciudad ya conocida por ser “la parada obligada” de los argentinos, que después de mil kilómetros de ruta, necesitan descansar. Las personas con carteles en las manos de “Aluga Se” no tardan en aparecer: niños, mujeres, ancianas, todos tienen una habitación para ofrecer. Después de rechazar varios, más por la incomodidad del acoso que por no ser convenientes, terminamos negociando con una señora que alquilaba sus cuartos arriba de un salón de belleza.

A la mañana siguiente salimos a la ruta 290, que entre su irregularidad (continuamente tiene subidas y bajadas) y la gran cantidad de camiones, se hace más pesada para el conductor. Tramo que aconsejo hacer armado de paciencia y bien descansado, y sin dudar en parar en las estaciones de servicio que van apareciendo. A esta altura del camino notamos que las estaciones ya brindan agua fría y caliente gratuita e ilimitada y finalmente, cuando empezaba a caer la noche, llegamos a Guarda do Embaú.

Después de un pintoresco caminito de adoquines aparece el pueblo, de unas pocas cuadras de extensión que, según los nativos de la región, su nombre surgió por un hecho ocurrido siglos atrás, cuando una tripulación de piratas que navegaba por la región tuvo la mala suerte de naufragar, y como llevaban tesoros se vieron obligados a guardarlos en baúles en la costa (Guardados Em Baú). Con el pasar del tiempo fue siendo distorsionada la historia de que había tesoros enterrados guardados en baúles en la región, pero lo cierto es que sus habitantes viven de la pesca y el turismo, muy intenso durante los meses de verano y en el cual se destaca la práctica del surf.

Allí nos hospedamos en una posada llamada Pousada & Boliche, que no tiene una pista de baile, como pensaría cualquier argentino (nosotros lo pensamos), sino que tiene un Bowling, que por desgracias se encontraba en reparaciones, pero mas allá de eso es una posada tranquila, económica y recomendable.

Después de conocer a un personaje rosarino que me ayudo a conseguir un poco de hierba en un camping de la zona (anoten chicos!) que nos salvó de un día lluvioso, hicimos una pequeña excursión (y quizás de las únicas que hay para hacer en el lugar) donde hay que cruzar un morro a pie, bastante fangoso por cierto, por lo que recomiendo no usar ojotas (como nosotros) si hubo lluvias recientes. El premio, del otro lado, una playa virgen, sin comercio, solo con guardavidas, muy tranquila para pasar la tarde y a la que hay que llevar víveres, sobre todo agua, porque no hay nada.

Así pasamos unos lindos días en uno de los lugares más bellos (si no el más bello) del sur de Brasil. Un pueblo que parece “armado”, con surfistas descalzos que van y vienen con sus tablas y músicos tocando en la plazoleta central por la noche. No es necesario en absoluto utilizar el auto para moverse, todo está muy cerca y de hecho casi no hay autos transitando, es como una “gran peatonal”. La comida es en general excelente y económica. Un plato de pescado frito con papas, arroz, porotos y ensalada para dos personas ronda los 30 reales (a la fecha unos 120 pesos argentinos)

Antes de regresar quisimos ir a pasar algún día a Barra da Lagoa, en la isla de Florianópolis, a unos 50 km de donde estábamos: gran error. Barra si bien es un lugar pintoresco, no tiene nada que ver con Guarda. Toda la isla de Florianópolis es un infierno de autopistas atestadas de autos que circulan a paso de hombre, una ciudad con playas que siempre da la sensación de que uno está llegando a “La Bristol” de Mar del Plata, sin desmerecerla claro, pero muy lejos del “paraíso” que uno imagina después de haber recorrido casi 2000 km.  No la recomiendo en absoluto, al menos entre enero y febrero.

Después de lograr escapar del caos de la isla, volvimos al continente y paramos en el balneario de Ferrugem. Este es un lindo lugar, con una playa amplia y blanca, pero el pueblo en sí esta más dedicado a la vida nocturna. Nosotros no la vivimos, ya que la misma se termina después de los carnavales, en los primeros días de febrero, quedando un pueblo semi fantasma con la mitad de los comercios cerrados. Nos vino bien porque buscábamos relax. Paramos en la posada Pé Na Areia, que como su nombre indica, esta con un “pie en la arena”, pegada a la playa, muy cómoda y amplia, recomendable.

El regreso lo hicimos por el mismo camino de la ida, con la diferencia que después del infierno que habíamos vivido en la frontera a la ida, decidimos salir más tarde para llegar a la misma por la medianoche. Ahora si, en 10 minutos listo el papeleo, cruzamos de nuevo a Paso de los Libres, Argentina, donde pasamos la noche en un hotel de ruta antes de emprender el tramo final hasta Buenos Aires y así concluir nuestro primer viaje Brasil en auto, a medida que las palmeras se hacían pequeñas en el espejo retrovisor, y los edificios volvían a llenar lentamente el parabrisas.

 

 

Redactor
Tipo de viajero: Cronista del camino

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