“Tenemos que empezar a ver la Tierra desde otra perspectiva material y espiritualmente, como un ser vivo que continuamente me está ayudando y no como algo que simplemente está para ser pisado”

 

Floresmiro Rodriguez Mazabel, miembro de los Yalcones, un grupo étnico que ya ocupaba suelo colombiano antes de la llegada de los españoles, comparte su historia, la no contada, la del otro lado del río y un legado de sabiduría expresado en el respeto por el espacio que habitamos.

 

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En un hostel de Bogotá, la intuición me llevó a acercarme a esta persona, que más allá de la diversidad de nacionalidades con las que uno se puede llegar a encontrar en un contexto semejante, desentonaba con el lugar… Quizás fueron los rasgos, tal vez la energía o tan solo la curiosidad, lo cierto es que después de intentar escuchar infructuosamente quién podía llegar a ser y que hacia ahí ese personaje finalmente, amparado en la impunidad que me otorga el cuarto poder, decidí presentarme…

Me contó que se llamaba Floresmiro, que estaba charlando con la dueña del lugar sobre futuros proyectos, que quien sabe al día de hoy si se habrán concretado o no, que era miembro de los Yalcones, un grupo étnico, despojado de sus tierras, situado en el departamento de Huila, al sur de Colombia y que actualmente, además de ser artista, trabajaba en el Amazonas como asesor de la parte del resguardo de la autoridad suprema ancestral de ese territorio.

Al día siguiente y antes de mi partida a Cartagena de Indias pactamos la entrevista…

 

 

¿Cuántas Yalcones hay en la actualidad?
“Reconocidos, 300, 400 personas… Hay otros que son descendientes, pero que no se reconocen como tales… Tienen miedo a decir que pertenecen a un grupo indígena y manifiestan que sus abuelos lo fueron, pero que ellos no, que son citadinos…” (risas)

¿Qué heredaste de tu cultura?
En mi caso, desde que nací, me crie con mi abuela, que era la cacica del grupo. Ella llevaba las riendas en la parte administrativa y fundamentalmente en la conservación de la memoria.  Gracias a ella pude heredar el conocimiento del manejo del territorio, de las plantas y de nuestra historia… Siempre iba a donde ella trabajaba, por ejemplo a sacar las plantas con las que se hacían los sombreros, los bolsos, todo eso  que hoy occidente conoce como artesanías, que nosotros  llamábamos arte nativo, y ya desde muy chico, 6, 7 años, recuerdo las historias que  me contaba de porque tal árbol era sagrado, también me enseñaba como preparar remedios,  el proceso del tabaco, como sembrarlo, cosecharlo, fabricarlo, además  del de otras plantas…”
 
¿Y cuál era su vínculo con el resto de la sociedad?
 “Por ejemplo lo que te contaba del tabaco, estaba permitido cultivarlo pero no fabricarlo, había que venderle la hoja a la empresa multinacional, a las tabaqueras de Colombia.  Entonces mi familia trabajaba a las escondidas y la función de nosotros – los chicos- era avisar cuando venían estos señores, los guardianes, los celadores que se encargaban de mirar que no se fabricara tabaco – ¡Madre, ya vienen los señores!- y  ahí se envolvía todo y se guardaba en el monte… Y siempre ha sido todo como a las escondidas… Igual con las otras plantas, mi abuela sacaba licores de vegetales, pero lo único que se podía vender era la chica, que se preparaba con maíz…”
 
¿Y actualmente?
“Hay una cosa que tiene mucho que ver y es que la Constitución colombiana recién nos reconoce como pueblo indígena, creo que en 1991. En la Constitución y en la Carta Magna se manifiesta que Colombia es pluricultural, diversa, pluriétnica, etc, etc y es reconocida como un país donde hay otros asentamientos que tienen sus propias costumbres y cultura, porque anteriormente no éramos reconocidos como tales. La Constitución de 1886 nos catalogaba como seres que no teníamos la capacidad de pensar, que teníamos el pensamiento similar al de un 13344726_725699747572985_221237495490205339_nniño de 7 años…Esas cosas nos marcaron muchísimo… Recuerdo a mi madre en la década del 60, 70, moverse ocultamente para enseñar nuestra cultura, nuestra historia y conservar los sitios sagrados…Era algo que estaba totalmente prohibido por las autoridades y por la iglesia…”
 
Tuvieron que luchar para lograr ese cambio…
“El cambio fue muy duro. Recuerdo de niño, por ejemplo, que íbamos a hacer una ceremonia para proteger un lago, conservar su memoria y hacer nuestros cantos y tenias que ir a la 1, 2 de la mañana para que a las 6 ya no nos vieran, porque era visto como algo diabólico, de brujos y todo se hacía a las escondidas, incluso para que nuestros vecinos no se dieran cuenta…”
 
¿Y hoy en día cómo es la relación con el gobierno, la iglesia y la misma comunidad?
 “Hoy en día se reconocen bajo decretos leyes que están en la Constitución colombiana, pero en realidad en la práctica todavía persisten esos prejuicios…Yo he tenido experiencias muy recientes, como por ejemplo hace 3 años he estado en el Huila, en un lugar que se llama San Agustín, donde existe mi sitio sagrado, al que mi abuela me llevaba a hacer las ceremonias, y quise entrar por la puerta grande y decir: -Mire, yo vengo aquí porque soy Yalcón, pertenezco a los pueblos originarios y voy a hacer una ceremonia- y no me lo permitieron, cuando ellos ni siquiera se pueden llegar a  imaginar lo que significa y la fuerza que hay en ese lugar… Uno tiene que ir a Bogotá, sacar un permiso y un montón de dificultades más… Finalmente, un amigo habló con el director y pude hacerlo, pero de manera condicionada, un canto, 15 minutos, sin tocar nada…”
 
 189303_152204311589201_559674351_nTierras que les fueron apropiadas…
 “Nosotros en estos momentos no tenemos tierras, les tocó comprarlas a mis bisabuelos, a mis abuelos. Lo que tenemos en el Huila son terrenos, fincas, pedazos de tierra que poseemos y cultivamos. El territorio como tal, que antes era colectivo, fue usurpado, robado con documentos que ahora no nos dan la posibilidad de hacernos con nuestro lugar. Se habla de que en el pasado allí existieron grupos indígenas, pero que desaparecieron… En los 60s intentamos recuperar nuestros territorios como originarios, pero eso dio a que hubieran muchos asesinatos, fue decapitada gente en Potrerillos y hasta mataron primos míos, todo a modo de advertencia… Entonces, una de las estrategias que mis abuelos, bisabuelos desarrollaron fue la de estar ocultos, trabajar, conseguir comprar terrenos y hablar de la memoria pero con la familia, sin entrar en conflicto con las personas que no son de ahí, con esas personas que con sus escrituras y documentos se apoderaron de esos territorios que ancestralmente nos pertenecen… Hasta cambiaron los nombres del lugar, de los ríos, de todo… Lo que hoy se conoce como Pitalito para nosotros antes era el Valle de Laboyos…”
 
Viven a la sombra…
“Y mi madre vive en Cauca y tengo familiares que viven en el Huila pero ese tema no lo quieren tocar porque ha costado mucho derramamiento de sangre… Yo he logrado llegar en el 2012  con la frente en alto a Neiva, la capital departamental de la ciudad diciendo:- Yo soy artista y también Yalcón, originario de aquí,  hijo, dueño de este territorio- Y eso causo entre los escritores una tensión muy reciente y siempre me decían: -Bueno, pero eso ya no existe- y yo les respondía:- Pero yo existo, estoy acá…”
 
Los consideran parte del pasado…
“Yo  estoy en un proceso de crear mediante el arte procesos de sensibilización con gente que esté interesada en conocer la historia desde el otro lado del río… De conocer esa historia no contada, ya que se ha contado la historia que fue escrita por quienes invadieron y quienes justificaron la invasión y las matanzas.  Nosotros tenemos la posibilidad de mostrar la otra cara y dar a conocer nuestro legado.”
 
 Historia que ha quedado sepultada bajo capas de civilización… 
“Es interesante ver que yo estuve en el 2014 en Canadá, Toronto, y vi mucha gente joven no indígena preguntándose: ¿De dónde somos? Y he hecho una investigación desde la Patagonia hasta Alaska y encontré que existía una comunicación entre todos los pueblos…Había problemas como los tenemos todos los seres humanos, pero también todo un legado de conocimientos, relaciones y por lo tanto una civilización…”
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Te adentraste en lo profundo de esas raíces…
“He logrado estar con muchos abuelos en varias partes del Amazonas, Brasil, Venezuela, Ecuador, Colombia y ver que ahí hay un legado vivo, oculto, pero que todavía está y pienso:-Es el momento que salga a la luz y volver a retomar ese amor por la tierra, el respeto por el agua, por la Pachamama y visibilizar estas expresiones de arte y vida para un mundo que se encuentra en agonía, que ha perdido el horizonte, centrado en el dinero – ¿Qué será de esos recursos en el futuro? – Nosotros como pueblos milenarios siempre hemos utilizado lo que nos da la tierra, a través de ella, la pesca, la caza, pero sin destruirlo, porque cuando uno destruye lo que hay en el territorio este se enferma.   Y  tenemos una gran  cantidad de lugares  enfermos… Y ese amor, ese respeto que se debe tener por la tierra se fue perdiendo en pos de querer utilizar todo ya y en todo momento, y la madre tierra tiene un espíritu como lo tiene el agua, las plantas, los animales y al igual que nosotros también sufren…Todo lo que tiene que ver con el calentamiento global, con el cambio climático, tiene mucha relación con esto que nosotros llamamos: “Sitios Sagrados de Poder”, un páramo donde se produce por ejemplo el agua, pero más allá de verla solo como una maquinaria, sino como algo que tiene un espíritu, una energía. Las generaciones pasadas llegaban con sus familias a reconocer este espacio, permanecían por un tiempo, se impregnaban de esas energías y se llevaban las memorias de ese lugar al cual se lo respetaba. Hoy eso se ha perdido…”

¿Y cuáles son esos lugares especiales en Colombia?
“En Colombia tenemos muchos páramos, entre ellos aquí cerca en Bogotá, que nosotros llamamos Bacatá. Detrás de los cerros, que son fuentes donde nace el agua, que eran lugares que los habitantes iban a visitar con mucho respeto para realizar sus ceremonias… Uno de los páramos más grandes que están aquí se llama Suma Paz. Pero lamentablemente se van agotando, tanto aquí como en otros lugares del mundo, cuando se los deja de respetar y los cambios son brutales. Es lo que estamos viviendo… En el caso de la selva y los grandes bosques, lo que nos queda del Amazonas, la desforestación es impresionante. A diario kilómetros de tierra sufren cambios irreversibles y eso hace que pase lo que vemos en la parte andina, en México y Centroamérica, ríos que se están secando porque van talando los cinturones de plantas que los protegen y sin contención, la tierra, cada vez que llueve, los va sedimentando.”

¿Y cuál es la idea que tienen ustedes para el turismo en Puerto Nariño?
“Nuestro plan es poder llevar a la gente a conocer ciertos sitios, siempre con respeto y estar en el Amazonas pero no de turismo convencional, porque a veces llegan a Puerto Nariño y no saben a que han ido, toman unas fotos, utilizan el baño y se van… Nosotros hemos hecho un trabajo con la idea de que a la gente que vaya se la atienda y que sepan que es permitido hacer, convivir con las familias, aprender cosas y también poder intercambiar conocimientos…Yo he llevado músicos que han compartido su música con chicos de allá y nosotros le enseñamos como se produce la yuka, que es una especie de vino destilado… A través de esos espacios de aprendizaje la gente empieza a sentir material y espiritualmente como ver la tierra desde otra perspectiva, como un ser vivo que continuamente me está ayudando y no algo que está simplemente para ser pisado, que hay una relación más fuerte…”

¿Y cómo es la estadía de los visitantes allí?
“Se pueden quedar en una hamaca, en una litera, comer lo que nosotros comemos, para que nos entiendan y sepan que hay otra forma de  comerse un pescado asado que no ha tenido ninguna contaminación, que tiene otro sabor, compartir frutas sin químicos que la misma persona nos puede ayudar a recolectar… Para nosotros es como una escuela de aprendizaje y obviamente que hay un dinero de por medio, pero el objetivo no es tener cuentas bancarias, sino que el visitante se sensibilice y se pueda llevar otra forma de vernos y también de comenzar a ver el mundo al que vayan…”

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¿Crees que hoy en día hay una mayor concientización al respecto?
“Sé que se está haciendo, pero falta una chispa, una llave que de la posibilidad de que la gente tenga experiencias de vida…Más allá de ver en un lago a los delfines, también que conozcan las historias, que no son las que vienen de afuera…Por ejemplo para nosotros el Amazonas no es tal, es un nombre griego, traído por los cronistas, que en medio de su viaje tenaz tomaron una leyenda griega y la transcribieron, pero que para nosotros nada tiene que ver con eso… Esta el jaguar, la boa, la anaconda y el río como una memoria con infinidad de historias que no son un mito, porque mito significa mentira o fabula en alemán, sino una narración que tiene que ver con el pensamiento del lugar y con un lenguaje espiritual y material… Entonces, dentro de ese lenguaje, se puede decir que un mico le habla a una persona y eso, que es viable en un sueño, en una energía, hace que la gente tenga la posibilidad de sentirlo dentro del relato y esa relación hace mucho más rica una experiencia de vida…”

Es otra conexión…
“No es la historia que te cuenta un libro que es fría, es la historia oral, que te contó una abuela, en la que el mico vino y les enseño a bailar y ahora ellos pueden estar en ese espacio y desarrollar una danza que tiene que ver con las energías de ese espacio y eso, a su vez, hace que la persona que escucha esa historia tenga otra memoria y se lleve otra forma de ver y entender la naturaleza. La gente que ha ido allá dice que les cambia la vida…”

 

 

Licenciado en comunicación social; creador, editor y redactor de la revista de cultura joven Yo soy la Morsa.
Viajero tipo: Valijero.

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