Una de las grandes preguntas existenciales que nos aqueja a los seres humanos a lo largo de nuestras vidas es: ¿qué hay después de la muerte? Y la única certeza, además de nuestra finitud, es que nadie conoce la respuesta, nadie volvió para contarlo, más allá de allá de santos y de aquellos que dicen haber visto la luz al final del túnel. Todo es cuestión de creencias, quizás de fe. Lo que si podemos saber es el cómo: como afrontamos cada situación que nos presenta la vida, inclusive esta, la ultima de nuestras vidas o la de nuestros seres queridos. Para conocer ese cómo viaje a Jujuy, y el destino me llevó a Maimará, a participar de esa celebración, que se lleva a cabo el 1ro y el 2 de noviembre de cada año, conocida como el Día de Todos Los Santos y Los Fieles Difuntos o las Almas y de tener la suerte de ser parte de este ritual, que se transmite de generación en generación y aprender de costumbres tan diferentes a las nuestras para poder compartirlo con ustedes a continuación en esta crónica.

Después de casi 20 horas de viaje piso suelo jujeño. En San Salvador me espera Carmen. Carmen Patricia Chauque es docente y estudiosa del culto a los Fieles Difuntos. Me cuenta que las primeras investigaciones en Jujuy fueron realizadas en 1903 por el antropólogo sueco, Eric Boman y que esta ritualidad se caracterizaba inicialmente por una mesa de ofrendas, un poncho, un asado de cordero o llama, papas, chicha y que con el paso del tiempo se fue re significando con la llegada de los españoles y el avance de la religión católica, que al no poder enterrar estas costumbres dio como resultado un sincretismo que incorporó cruces, rezos y santos. Que esta práctica ancestral representa gran parte de la identidad, la historia y la cultura de aquellos que habitan la provincia y que se manifiesta con más fuerza en zonas rurales, como la Quebrada,  la Puna, los Valles y en especial en Susques.

No será Susques finalmente mi destino, condicionado por el tiempo, el espacio y el azar, sino Maimará. Esa localidad entre medio de Purmamarca y Tilcara, enmarcada en el cerro mejor conocido como La Paleta del Pintor y de la cual dicen tiene una particular relación con sus muertos, un poco más cerca del cielo por su cementerio de altura. 

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Entrada a Maimará. Fondo Cerro Paleta del Pintor

En camino, al adentrarme en la Quebrada de Humahuaca, comienza a desaparecer la señal del celular hasta que al llegar a la localidad ya es nula. Junto a algunos estudiantes que vuelven del colegio desciendo del micro. Un cartel invita: “Estas en Maimará. Quedate!!!”  Al costado de la ruta de la Ruta 9 bajo por una escalera. Un vecino me indica que siga derecho hasta la plaza. Sin celular, la cuestión será encontrar a mi contacto de nombre Anahí, Secretaria de Turismo de Maimara. Son las 7 de la tarde de un lunes y parece un pueblo fantasma. Pregunto por una cabina telefónica y me dicen, en la esquina. Llamo, del otro lado una voz pre-grabada me invita gentilmente a dejar un mensaje. Corto. Le comento al “Bicho”, el dueño de la despensa, y a sus ocasionales visitantes de donde vengo y cuáles son mis planes, tal vez me puedan ayudar. Él conoce a alguien de la municipalidad que le pide que espere, que después me llama, pero no tengo señal. Me dicen que una pariente de Anahí tiene un negocio en la otra cuadra. Está cerrado. Que más allá hay un hotel que tiene WiFi. También cerrado. Un vendedor ambulante, que vea a la vuelta. Llamo, nada. Un par de vecinos en bicicleta prueban por mí. Esta anocheciendo. Por fin sale el dueño, que resulta que también conoce a alguien de la muni. Llama, hablo. Me dicen que se van a contactar con Anahí. Por las dudas ya tengo un plan B, el dueño se va para Tilcara y ofrece llevarme…No es necesario, finalmente aparece mi contacto en Maimara. Así estaremos buscando alojamiento a un precio acorde a mi situación hasta las 11 de la noche. No abundan. Cierro con uno, que según su propietario, me lo está dejando a  la mitad. Los pies me laten más que el corazón. Me tomó un taxi compartido y a descansar, mañana temprano comenzaremos con las notas. 

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Elizabeth Lanata de Kusch

Anahí y su colega Javier me esperan para comenzar el recorrido por el pueblo. La primer parada será la biblioteca
de  Elizabeth Lanata de Kusch, esposa de un reconocido filósofo y antropólogo que buscaría y asentaría la base de su reflexión filosófica en el pensamiento indígena y popular americano, más allá del europeo, de ese que supo traer Sarmiento…

Anoche, en el hostal que me tocó en suerte, miraba por TV un programa de cable de Buenos Aires (típico magazine de cable) donde distintos invitados intercambiaban experiencias de tinte exotérico, aprovechando la excusa del 31 de octubre y la celebración de “Halloween” o “Noche de Brujas” -festividad nacida en Irlanda, llevada por los inmigrantes a Estados Unidos y Canadá e importada a nuestras latitudes producto del marketing- mientras pensaba como damos por naturalizada las cosas, sin cuestionarnos sus origines, como si siempre hubieran sido así, de esa manera… ¡Trick or treat!

 “¡Cómo están acá difundiéndolo, pero por favor, qué tiene que ver con nuestra tradición! Las brujitas, las nenas disfrazadas… Nada que ver con esa cosa tan linda de preparar las ofrendas…” se queja de Halloween, entre risas, Elizabeth, que nos da la bienvenida a la que fuera la biblioteca de su marido. “Es comprar una, dos, tres bolsas de harina… cuatro, cinco… y se amasa con la primera, después llega la segunda. Todo eso durante varios días antes. Se hace una mesa al pie del altar llena de ofrendas, además de las comidas que le gustaban al muerto: fruta,
comida, bebida. Es impresionante. Después llegan las visitas, y cuando se culmina, se dan las ofrendas a los presentes y se levantan las mesas. La gente tiene como un mes para comer…
” (risas) 

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Cementerio Nuestra Señora del Carmen

Es de México la tradición” nos cuenta y nos invita a sacar de un estante uno de los tantos libros que luce la biblioteca, éste con espectaculares imágenes de la celebración en el país azteca. 

Nos despedimos de Elizabeth para dirigirnos a la casa de Damiana, previo paso por el cementerio Nuestra Señora del Carmen, donde -entre otros- descansan los restos de Kusch. A pleno rayo de sol y con el cerro de fondo, el cementerio parece desnudo con sus bóvedas, lapidas y cruces y algún que otro cactus típico del paisaje jujeño, antes de que  al día siguiente se vista de coronas, flores, ofrendas, familiares y seres cercanos de los que ya no están, para compartir con ellos su día. 

Entramos en silencio al hogar de Damiana Valdez de Sosa. Una gran mesa llena de ofrendas se observa al costado de la puerta, todo hecho por ella misma, que dice como pensando en voz alta: “Parece que he hecho mala fuerza y eso que no he hecho mucho… Quería hacer muchito, pero no me ayuda nadie, solita, prender el horno, armar los juguetitos, llevar, traer, limpiar…”  mientras nos ofrece una copita de licor. Javier me explica que primero hay que convidarle al muerto y hacemos lo mismo con unas hojas de coca que dejamos en un recipiente, antes de mascar.

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Mesa de Damiana Valdez

Nosotros armamos los bichitos: hacemos las palomitas, la escalera, las guagüitas (niños/as o bebes), las llamas,
los corderos, las gallinitas, todo con la masita
” nos cuenta.  “-Se hace todos los años, como de costumbre- mi papá decía eso. Hay que hacerlo bien todos los años, porque todos los años comen las almitas… Nosotros no las vemos, pero ellas están…compartiendo…Así como lo hacen los vivos, ellas traen sus visitas… Por eso hay que hacer muchito…”  y agrega “Yo espero a mi papá, a mi mamá, a mis hermanitos, a mi marido, a mi suegro, a mi cuñado, a otras almitas que no tienen familia, a esos también yo espero…Tenemos un chiquito allá en frente que lo ha atropellado un camión  en la ruta y también le hemos puesto la mesita…

“Después de ir a misa, al cementerio, se levanta la mesa y se le reparte a todos los que vienen, no se mezquina, parejo para todos, no importa que no sean familia, venga el que venga…”  nos cuenta, describiendo el sentimiento de comunión, que más adelante viviré en carne propia, antes de levantarse repentinamente a seguir con sus quehaceres.  

Nuestro viaje continua por la casa de Josefina Aragón, coplera, chichera, sanadora espiritual kolla y referente de las costumbres de su pueblo y la Quebrada de Humahuaca.  “Vamos a cerrar la puerta así charlamos un poquito” nos invita a pasar a una suerte de santuario, adornado, no solo con la mesa, el altar y las ofrendas, sino con objetos, imágenes y recortes cosechados a lo largo de su vida.  

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Josefina Aragón

Observando nuestra cultura podemos saber quiénes somos, pero si borramos nuestras costumbres,  vamos a
perder nuestra fe, nuestra dignidad…
Los chicos no quieren aprender…Ya no sabemos quiénes somos…Todo es de moda ahora, nueva ley, nueva ola…” reflexiona, con nostalgia, Josefina, al igual que Damiana, la otra anciana del
pueblo y agrega picara: “Nadie ayuda acá, pero para comer sí están todos…

Mezcla de fe, creencias, supersticiones y premoniciones, Josefina continúa su relato: “Siempre hay que esperar, porque sé que van a venir…El espíritu está vivo, lo que se va es el cuerpo, a descansar al cementerio…Y vienen hambrientos, sedientos, pero ellos no toman ni comen, solo el sumo, vienen a compartir y si no los hemos esperado no dejan de soplar las velas…También nos revelan en el sueño, le conversan, y parece que realmente le traducen lo que va a pasar…Cuando alguien muere seguro algo te va a hacer ruido en tu casa, se caen cosas solas o viene y te toca y no hay nada, y ya sabes que alguien ha fallecido, que se está despidiendo…Hace poquito ha fallecido El Negro López y yo estaba sentada almorzando en Huacalera y clarito su mano me ha tocado así (se toca el hombro) y yo miraba y no había nadie y justo a esa hora estaba muriéndose, estaba despidiéndose de mí su almita, adiós me habrá dicho… El anteaño también, una noche no podía dormir, tenía muchas pesadillas y a cada rato sentía que me tocaban la mano y prendía la luz a ver si era  un perro, un gato que había subido a mi cama y nada…No he dormido en toda la noche y cada vez que agarraba el sueño ya me tocaba… Sería mi amiga que estaba diciéndome, yo estoy velándome y usted durmiéndose, porque a eso de las 7 de la mañana suena el teléfono- basta que no sea de Humahuaca- digo y era nomas de allá…Mi amiga había muerto…

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Mesa de Josefina

Con 81 años de edad, Josefina fue elegida una de 4 abuelas representantes de madres de pueblos originarios, homenajeada por la dirección Cultural de Pueblos Originarios del Ministerio de Cultura de la Nación el año pasado en la Manzana de la Luces; su imagen también recorrió el mundo cuando la Unesco declaró Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad a la Quebrada de Humahuaca; y fue protagonista además junto a Damiana del documental de María Leticia Orieta: “Mineritas: una historia de mujeres que luchan”. En el mismo cuenta en primera persona como entre 1950 y 1970 llegó a ser ayudante de partera y delegada de las amas de casa en la mina Aguilar, la más antigua de la Argentina, en la que trabajaba su marido.

Justamente, sobre su finado esposo y la costumbre de las ofrendas, comenta: “Mi marido ha muerto hace 32 años y yo sigo poniendo…” antes de prepararse para salir a rezar a las misas (a las 18 hs de hoy -1ro- Día de Todos los Santos y a las 8 de mañana- 2 de noviembre- Día de los Fieles Difuntos)  y también por la noche a lo de sus vecinos: “Rezamos novenas por acá, por allá y andamos por todos lados… Ya me he cansado de tanto andar. Y hoy salgo de nuevo” dice sin perder la sonrisa.  

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Mesa de Nilda

Más cerca de la merienda que del almuerzo, la última parada del día será la casa de Nilda Barrios, de quien dicen: hace los mejores tamales y empanadas de Maimara. Antes de poder dar fe de eso, me invitan a pasar a una habitación con una mesa, un altar y ofrendas de una magnitud increíbles…La razón: es un alma nueva. El esposo de Nilda falleció en el 2015, pero no fue parte de la ceremonia del Día de los Fieles Difuntos el pasado año porque, según nos contará luego su hija, tendrá que pasar al menos medio año del deceso.

La mesa, que luce figuras hechas con pan, llamadas “turcos”: de palomas, soles, lunas y   escaleras (para llegar más rápido al cielo) y “las comidas que le gustaban al finado” tiene que estar lista a la medianoche del primero de noviembre para los fallecidos recientes. A su alrededor están reunidos algunos familiares. Nilda espera, no solo a su marido, sino también a su madre, a dos de sus hijos y a las almas de otros seres queridos que ya no están. Pero ellos hablan de almas, no de muertos y tampoco de la ausencia, sino de la vida… 

Luego de degustar las famosas empanadas y con el estomago lleno me despido de los presentes, que seguirán hasta el día siguiente, el Día de los Fieles Difuntos. Algunos se irán a descansar, otros se sumarán y también estarán los que le pegarán de largo hasta la misa de las 8 y la posterior división de ofrendas.  En medio pasarán las rezadoras -entre ellas Josefina- se brindará y también se realizarán juegos.

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Misa en cementerio

La alarma del cel me invita a arrancar el nuevo día. Me tomó un taxi compartido junto a otra persona que va a vender coronas y flores al cementerio. Los presentes escuchan atentamente al cura de gafas oscuras, mientras oficia la misa y hasta les aconseja como refrigerar los sobrantes de las ofrendas comestibles. Finalizada la misma, cada familia se dirigirá al lugar donde descansa el difunto para pasar un momento o tal vez gran parte del día con él.   

En el camino me encuentro con la familia de Nilda y me invitan a ser parte de  su ceremonia. Mientras acomodan las flores y las coronas, se comparte chicha, vino, cerveza, gaseosa y hojas de coca, que primero habrá que ofrendarle al fallecido alrededor de su espacio. Una charla con una de las hijas de Nilda me permite comprender un poco más en profundidad el significado de esta práctica y su concepción con respecto a la muerte: que no se la vive como una fiesta, pero si con alegría y donde se acepta la partida del ser querido, sin aferrarse a éste, como una forma de soltar y así permitirle descansar en paz.  dsc_0225

Me quedo haciendo unas tomas en el cementerio para la que será la tapa de este número de Pasajero Entrance,  antes de volver. De regreso paso por la casa de la familia de Nilda para despedirme, pero antes me invitarán a cenar. No puedo negarme a los famosos tamales.

También viviré el comienzo del final de la ceremonia cuando se empiecen a entregar las ofrendas: se elegirá quién llevará a cabo el rezo y a una mujer y a un hombre para repartir la comida entre los presentes, quienes recibirán una bolsa o caja para poder guardarla. La ronda comenzará con pedazos de frutas: sandias, naranjas, manzanas, ananás y continuará con dulces, alfajorcitos de maicena, empanaditas de cayote y porciones de pastafloras. Y aunque lamentablemente todavía no llegaron los dulces y las golosinas, luego de unas pasadas y ante una montaña de comida que aún espera en la mesa, decido que es momento de ponerme de pie y emprender la retirada antes de que me agarre la noche…

Ya arriba del micro, degustando un rico alfajor de maicena, entiendo mejor el por qué de los valores que había remarcado Carmen en cuanto a lo que significaban las ofrendas y la fiesta para la comunidad: “respeto, solidaridad, cooperación, comunicación y espiritualidad están presentes en este encuentro entre la vida y la muerte…”   

 

 

Licenciado en comunicación social; creador, editor y redactor de la revista de cultura joven Yo soy la Morsa.
Viajero tipo: Valijero.

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