El sur, un largo recorrido hacia uno mismo

Era de noche, hacía frío y parecía que iba a llover, y cuando en Villa la Angostura es de noche, hace frío y parece que va a llover, no cabe la menor duda de que eso es lo que va a pasar. Sentados en un tronco, protegidos bajo el techo de una casilla, contemplábamos la bahía mansa y el espejo de agua que reflejaba las nubes y el gran paredón de piedra, coronado por un bosque autóctono de ñires y coihues, de la península Quetrihué. A lo lejos brillaban las luces de Bariloche, y se podía escuchar el murmullo de los grillos, el canto de las bandurrias y los crujidos del bosque a nuestras espaldas.

Bastaba cerrar los ojos y respirar profundo para impregnarse del aire limpio y gélido de la cordillera, que formaba volutas de humo en las bocas y enrojecía orejas y narices. Con las manos en los bolsillos conversábamos sobre nuestro regreso al pueblo, los negocios que habían abierto en nuestra ausencia, los que habían cerrado, y esos detalles que sólo se perciben cuando uno toma distancia. Una botella de licor calentaba la ronda, varias caras que parecían distintas pero que de a poco, entre risas y anécdotas, volvían a la nostálgica familiaridad de siempre.

Una, dos, mil gotas empezaron a picotear la calma del Nahuel Huapi, mientras nosotros, seis amigos de pronto callados, nos acurrucamos bajo el techo al tiempo que contemplábamos la cortina de agua que ganaba el imponente anfiteatro natural, un espectáculo sin precio de entrada, una sinfonía que nos volvía pequeños granos de arena. Una hora duró la lluvia y una hora duró el silencio. Cuando la última gota cayó del cielo, todos entendimos que era momento de irse.

 

Villa La Angostura

En el sur de la provincia de Neuquén, en el departamento de Los Lagos, a más de 1600 kilómetros de la capital
argentina, se encuentra Villa la angostura, también conocida como el jardín de la Patagonia. Llamada así por el angosto itsmo de la península Quetrihué, la pequeña localidad es un paraje obligatorio para entender la esencia de
eso que llamamos “sur”. Enmarcada en dos parques nacionales, Los Arrayanes y el Nahuel Huapi, la pintoresca aldea de montaña nos brinda un recorrido único con paisajes dignos de cuentos de elfos y hadas, donde la basta vegetación y la gran diversidad de especies lo convierten en un lugar ideal para quienes gustan de los deportes al aire libre, las caminatas por el bosque, o la tranquilidad de sus playas y sus rincones. A tan sólo ochenta kilómetros del aeropuerto internacional de Bariloche, Villa la angostura ofrece un gran abanico de actividades para realizar en las cuatro estaciones del año, donde el paisaje, siempre coronado por la cordillera de los Andes muta y vibra en colores para todos los gustos: desde el  amarillo de las retamas y los violetas de los lupinos en verano, los rojos y amarillos y naranjas del otoño, el blanco de la nieve en invierno,hasta el verde intenso de la primavera.La comarca andina, uno de los pilares de la ruta de los siete lagos junto a San Martín de los Andes, es, por eso y muchas cosas más, un largo recorrido hacia uno mismo.

Nota y fotos: Valentín Cacault

Licenciado en comunicación social; creador, editor y redactor de la revista de cultura joven Yo soy la Morsa.
Viajero tipo: Valijero.

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